Letras Mágicas es un blog de relatos, cuentos y demás historias. Letras mías y de alguien más. Letras para viajar un rato. Letras que traigo de mundos lejanos, mundos fantásticos. Letras que encuentro a la vuelta de la esquina, donde la magia existe pero pasa desapercibida. Si andas con algo de tiempo y ganas de leer. Te invito a visitar De Letras Mágicas.

domingo, 1 de abril de 2018

Parte uno: Corazón alborotado x Fernando Dario




—La bruja de los vientos

Parte Uno: Corazón alborotado


    —¿Por qué lloras? —le pregunto la bruja de los vientos al hombre. Estaba sentado con la cabeza apoyada en el tronco de un viejo árbol de lapacho.
    El hombre levanto un poco la cabeza y la miro sin comprender. Una extraña joven estaba parada justo frente a él.
    La bruja de los vientos había llegado hace un rato, pero estaba tan ocupada en sus asuntos que no se había percatado de la presencia del hombre. El viejo lapacho fue el que le dijo que aquel hombre se llamaba Marcos.
    —¿Que? No estoy llorando. Además, no te importa.
    —Hum. Tienes razón. Me equivoqué, ahora me doy cuenta de que no estás llorando. Pasa que mi amigo a veces ve el cielo alborotado y sabe que pronto va a llover. Supongo que cree que pasa lo mismo con las personas. Vio tu corazón alborotado y dio por sentado que pronto llorarías.
    —Mi corazón no esta alborotado y no estoy por llorar tampoco, no sé de qué hablas.
La bruja de los vientos miro hacia el viejo lapacho y asintió.
    —Mi amigo dice que eres demasiado terco para admitir que vas a llorar. Pero dice que no tiene nada malo. La lluvia es hermosa. ¿Te imaginas que sería del mundo si el cielo fuera igual de terco? No sería lindo un mundo en el que nunca llueve.
    —¿Tu amigo te dijo? No sé quién es tu amigo. Pero yo no hable con nadie.
    —Lo sé, el no habla. Solo escucha.
    —No se quién es tu amigo.
    —Ese que esta ahí, es mi amigo—dijo y con un dedo apunto al árbol—. Ese viejo lapacho. Hoy es su ultimo día en esta tierra. Vine a ayudarlo en su despedida. Pero se complica un poco la cosa estando tu aquí.

    En el cielo se podía ver unos negros nubarrones y un fuerte viento anunciaba una tormenta. Marcos se sentía triste. Eso era verdad, quería estar solo un momento. Al ver a aquella extraña joven comprendió que eso no iba a ser posible. 









jueves, 27 de julio de 2017

Te soñe x Fernando Dario

—Te soñe—


Mujer que invente. Te copie de una estrella. Te soñé esa vez y no te volví a ver. Esa noche de lluvia. Sin estrellas y con el corazón nublado. Te vi bailando una cumbia en el más allá. Tu cuerpo disparaba hechizos a diestra y siniestra. Tu belleza embriagaba el aire y un dios borracho te rezaba. Seguía con la mirada la melodía de tus movimientos. Tarareaba tu silueta, tratando de no olvidarte. Saboreaba cada instante. Sabiendo que ya me iba. La otra vida me quería de regreso. Me dijiste adios con tus dientes en mi cuello.
Sentado en la cama aún pensaba en vos. Deje que el reloj muriera. Deje de buscar amor ese mismo día.  Me quede a recordar tu perfume. Me quedé en la cama a esperar. Me acosté e imaginaba con amarte. Me encerré en mi cuarto a soñarte.


No sé si vendrás, reina del mas alla. Igual espero una señal. Es que no vale un peso la vida, si no te vuelvo a ver. Silbaba tu melodía, canción de hermosa locura y una letra que solo yo se. No sé si sabes de mi. No sé si sabes que te espero. No sé si quiero tenerte. No creo merecerte. Si yo te inventé, no lo sé. Volve cuando quieras. Regálame un ratito este invierno, para dejar de soñarte despierto.




domingo, 12 de febrero de 2017

Aprendio a volar x Fernando Dario

—Aprendio a volar—

No era un pájaro, tampoco un avión, menos unos de esos dron que están de moda. Era una persona, las más simple de todas. Simple e insignificante, así era como se sentía todos los días de su vida. Menos aquella tarde.
Aquella tarde mientras sentía como el viento se estrellaba en su rostro, los miraba a todos desde arriba, sintiendo pena por ellos que seguían y seguirian con sus vidas tristes y rutinarias. Él aquella tarde escapó de todo eso.
Todo lo que lo había llevado hasta ese momento, iba desapareciendo. Miles de malos recuerdos que antes eran como pesadas piedras que lo aplastaban, ahora se disipaban como humo. Todo lo malo e incluso lo bueno ya no importaba.
Mientras volaba sintió una felicidad que pensó nunca iba a sentir.
Cada metro, tenia mas sentido que miles kilometros recorridos, de idas y vueltas a ningun lugar.
Cada segundo valía mucho mas que todos los años arrastrados en una agonía silenciosa.
Pronto todo iba a terminar, lo que podía pasar después lo tenia sin cuidado, no quería pensar en nada mas que en aquel momento. Quería disfrutar aquel breve momento, sin pensar en todas las partidas perdidas contra la vida, en todas las malas decisiones, en todo aquello que lo había llevado a aquel momento. Solo quería eso, por una vez no pensar en nada. Mientras volaba olvidaba. Mientras volaba fue feliz.















domingo, 28 de agosto de 2016

Libertad x Fernando Dario

—Libertad—

Le bastaron dos pasos para darse cuenta que el encierro había terminado. El aire que entraba en sus pulmones era distinto. Jamás fui un canario, las jaulas no son para mi. Pensó mientras prendía un cigarrillo. Ya no tenía que marcar los días en las paredes. Al final no hizo falta fugarse, solo esperar. Otra vez estaba en su barrio, en su casa todo lo esperaba tal cual lo había dejado. La lección ya estaba aprendida, no iba a tropezar con la misma piedra dos veces. 
Todavía tenía en la retina la imagen de ella besando a otro. Sonrió. Ella no tenía excusas y él volvía a estar soltero. 





Vuelvo a casa, mama—Memphis






domingo, 10 de julio de 2016

La mujer que no supe perdonar x Fernando Dario

—La mujer que no supe perdonar—

Estábamos sentados junto a la mesa, la miraba fijamente tratando de despreciarla un poco menos. No había más que decir, ella bostezó. Cada tanto su sonrisa sardónica me provocaba. Como siempre ella creía saber lo que iba a pasar, estaba segura de que estábamos en su viejo y enfermo juego, así que simplemente me ignoraba.
Me puse de pie, ella empezó a jugar con una sucia moneda de veinticinco centavos, la hacía girar con una mano, miraba como dejaba de girar y luego volvía a empezar. La cabeza la sostenía con la otra mano. No podía ver su rostro, el largo y oscuro pelo se lo tapaba. Me acerque a ella que con su habitual indiferencia no se inmuto. Le susurre unas palabras al oído, las palabras que había encontrado en el vómito de mi orgullo. Le di la espalda y caminé hacia la puerta, no pude verlo con mis ojos, pero estoy seguro que volvió de su trance, de su lunática galaxia y abrió los ojos de par en par, sentí sus ojos perseguirme e intentar ser puñales para lastimarme. Sonreí. La pistola la había dejado al alcance de su mano, una sola bala, estaba seguro que ella sabría usarla, con la sabiduría de los que no saben nada. Cerré la puerta despacio, hice girar la llave, me quité los zapatos, no sé cuál fue el motivo de sacarme los zapatos, no lo supe en aquel momento,  lo supe sólo unos segundos después. Apoyé la silla contra la puerta y encendí un cigarrillo.
Sabía que ella intentaría escapar, que me rogaría salvarla. Yo espere paciente, era la primera vez en años de servicio a su amor, que ninguna de sus maldiciones ni promesas me podría afectar. Ella siguió golpeando, arañando y pateando la puerta, luego escuche sus amenazas. Mire el reloj sin mirar y luego sucedió. El estruendo, el olor a pólvora, mis pies sintieron una tibieza y se empaparon con su sangre, eso era lo que tanto deseaba, sentirla una vez más, mi inconsciente me había regalado aquel último placer. Espere a terminar el cigarrillo. Me puse los zapatos, me puse de pie, busque en mi bolsillo un pequeño papel que tenía escrito algo para ella, tire el papel por debajo de la puerta y me fui sin mirar atrás.







viernes, 22 de abril de 2016

Un astronauta y una bruja x Fernando Dario



Esta historia esta inspirada en en una canción.











    —¿Que estás haciendo, brujita? —pregunto el astronauta.
    La bruja no le prestó atención, se encontraba ensimismada en la bola de cristal que había comprado hace unas semanas a un tipo que le decían “El Conseguidor”, que según le dijo: “Es la bola del mismísimo Merlín”. La bola de cristal de todas formas no mostraba nada más que el rostro de la bruja.
    —Mi nave espacial es la única salvación, la única manera de llegar al sol es yendo en mi nave, te voy a mostrar mis cálculos —el astronauta hurgo en los bolsillos de su traje y sacó un arrugado papel—. Es posible llegar al centro del sol, mediante una fusión, bueno, esto es demasiado complicado de explicar. De todas formas, es pura ciencia, sabes que yo no creo en la magia.
    —Tu nave se va a quemar, acabo de verlo en la bola de cristal. También pensé que podríamos llegar en mi escoba, pero se prende fuego mucho antes de que nos acerquemos. Lo único que nos queda es viajar en una burbuja.
    El astronauta sonrió con sorna. La bruja solo se quedó mirándolo, no lo miraba a los ojos, se había quedado mirando el extraño traje que tenía puesto. Él le había dicho que era la única manera de estar en el espacio y no morir.
    —Ya te dije que no creo en conjuros, ni menjunjes.
    —Pero, ¿crees lo del sol? —dijo la bruja mirando para otro lado.
    —Sí —dijo el astronauta buscando los ojos de la bruja que habían vuelto a la bola de cristal—. Eso es distinto. El sol es un portal interdimensional, el centro de sol es la puerta. Lo único difícil será llegar, pero una vez ahí, mi traje me va a proteger. Lo único que no se, es que va a ser de vos en el espacio, solo tengo un traje espacial y no puedo pedir otro a la NASA porque siguen enojados conmigo.
    —¿Te preocupas por mí? —preguntó la bruja, mirándolo a los ojos.
    —Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y…—balbuceo el astronauta.
    —Y… y… —repitió la bruja
    La bruja se quedó unos segundos más esperando la respuesta, al ver que no llegaba volvió de nuevo sus ojos a la bola.



    El astronauta y la bruja se habían conocido en el cautiverio de aquella extraña prisión. En lo que era la opinión de la bruja (no compartida por el astronauta) la prisión tenía un poderoso hechizo que le permitía adaptarse al miedo de sus habitantes, lo sabía porque el astronauta juraba estar encerrado en una prisión de altísima seguridad, con cosas tecnológicas y demás, mientras que la bruja solo veía un frío calabozo.
El astronauta, sin embargo, que era un hombre que creía en la ciencia, no tomaba muy en serio aquella teoría sin fundamentos científicos de la bruja.
    Ninguno de los dos recordaba cómo se habían conocido o que circunstancias los habían llevado a volverse muy buenos amigos. A veces el astronauta decía: "Nuestra amistad fue generada por una explosión. Como el Big Bang, una explosión que dio origen al universo. Una gran casualidad”.
    Para el astronauta también era muy confusa la forma en que había llegado a esa prisión. A veces en sueños veía resquicios de una vida pasada, pero nada era claro, su vida anterior al cautiverio era un cristal hecho pedazos. Cada trozo de cristal lo lastimaba, cada recuerda era un cristal incrustándose en su cabeza. La bruja había sentido compasión por él, ella lo acompañaba en las noches cuando las pesadillas no le permitían conciliar el sueño. En el regazo de la bruja, el astronauta había encontrado la paz que no había tenido en años, sin embargo estos últimos días el asedio había vuelto. Las pesadillas se habían hecho más frecuentes y hasta el regazo de la bruja no podía calmar su dolor. Finalmente había tomado la decisión de escapar.
    —Sólo dime cómo hacerlo y lo haré, pero iré sólo. No tienes que arriesgarte por mí. No quiero que lo hagas.
    —¿Te preocupas por mí? —pregunto con ternura la bruja.
    —Bueno yo... Es que... Es peligroso y tu...
    El astronauta se aferraba a la ciencia, y dudaba de todo aquello que no tuviera una explicación lógica, como era de esperarse, el amor no la tenía, no había teorema capaz de resolver cuestiones de amor. De todas formas, estaba seguro de que era amor lo que sentía por ella, pero admitirlo significa resignar los fundamentos que lo habían convertido en un astronauta.
    —Las brujas no podemos olvidar y el amor perdido se vuelve un dolor que termina por matarnos.
    —Pero es un viaje sin retorno, no hay vuelta atrás —el astronauta estaba con su rostro más serio y preocupado—. Si algo sale mal podríamos morir y…
    —¿Y? —lo interrumpió la bruja—. La muerte abre otra puerta interdimensional. Pase lo que pase, cuando yo abra los ojos, sé que voy a ver tu rostro.



    La bruja también tenía problemas para recordar, pero a diferencia del astronauta que recordar le era doloroso, a la bruja no la inquietaba saber de su pasado. Cada vez que un recuerdo afloraba, ella le prestaba atención un breve instante, pero luego volvía a lo que estaba haciendo. Como alguien que se queda mirando por unos segundos un arco iris y luego sigue su camino. Ella había estado en el peor de los infiernos, lo sabía bien. Había conocido las miserias humanas, había experimentado en carne propio los peores maltratos, pero había sobrevivido. La bruja descubrió un día que, al dolor y la tristeza, simplemente había que ignorarlos, se hacían fuertes porque uno les daba entidad, porque uno mismo lo alimentaba.     Pero que también dependía de uno mismo dejarlo ir.
    Cuando conoció al astronauta en aquella prisión, sintió lástima de él y al mismo tiempo se vio reflejada. Ella simplemente había intentado darle una mano, pero no estaba en sus planes lo que ahora estaba pasando: se había enamorado. Pero este era un sentimiento que valía la pena darle entidad. Era un sentimiento por el que valía la pena sacrificar todo. Luego de un tiempo intentando enseñarle a ignorar malos sentimientos, había llegado a la conclusión de que era una causa perdida.
    Por su parte el astronauta ya no quería saber nada con seguir en la prisión y había tomado la decisión de escapar. Luego de pensarlo una y mil veces llegaron a la conclusión de que la única forma era viajando lejos, pero que la única manera de escapar, podía costarles la vida.
    Planearon el escape para al atardecer de un día de septiembre, necesitaban que todavía el sol pudiera verse, pero para esa hora la prisión estaba lleno de los crueles guardias de traje blanco.
    El astronauta anotaba todo en un papel con una criptografía que él había inventado.
    —Es el día 2 de septiembre, del año… ¿Qué año es, brujita? —pregunto.
    —No tengo idea —dijo encogiéndose de hombros, con la misma actitud despreocupada de siempre—. Los católicos tienen su año, los chinos y todas las religiones tienen un año distinto, para mi es el año Uno D.Q.T.C.
    —¿D.Q.T.C.? ¿Qué es eso? A.C. Es antes de Cristo, D.C. Es después de Cristo. Esas iniciales no existen.
    —Sí que existen, las invente yo, motivo suficiente para que existan y sean reconocidas. —respondió la bruja—. D.Q.T.C. Significa: Después que te conocí.
    El astronauta se sonrojo.



    El mismo sujeto que le había vendido la bola de cristal a la bruja fue el que consiguió los elementos que necesitaban para el escape, estos eran: Una llave, fósforos y una botella de whisky. El astronauta le había prometido pagarle, pero le había mentido y en realidad tenía la intención de robarle, sin embargo, a último momento el sujeto, conocido como El Conseguidor, les pidió otra cosa.
    —¿Un qué? ¡Estás loco! —grito el astronauta agarrándolo del cuello con sus manos grandes y pecosas.
    —… De remate, según dicen, pero es un precio justo —dijo El Conseguidor.
    La bruja miraba la escena y sonreía.
    —¿Un solo beso? —preguntó la bruja. El Conseguidor hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. No es un mal precio. ¿Que opina mi astronauta? No te vas poner celoso, ¿no?
    —Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y… —dijo balbuceando.
    —Y... y … —repitio la bruja—. Dice que no.
    El Conseguidor se sentó en el suelo, cerró los ojos, apretándolos con toda la fuerza que podía y puso los labios como si estuviera comiendo un fideo Spaghetti de un kilómetro. La bruja se puso de rodillas y puso sus manos en los costados de la cabeza del Conseguidor que no cambió la posición de la boca. Los labios de la bruja tocaron con delicadeza los del Conseguidor que creyó por un momento haber tocado el cielo. La bruja sonrió al ver el rostro enfurecido del astronauta.
     —Nos vamos —dijo sin disimular su enojo.



    El día del escape como era de esperarse, el astronauta era un manojo de nervios y dudas. Que si la llave no abre la puerta, que si los fósforos no prenden, que la burbuja…
    La bruja como era de esperarse estaba con la misma actitud relajada de siempre.
    El astronauta insistió, sin embargo, en repasar el mapa que había dibujado en un pedazo de papel, haciendo hincapié en donde los guardias de uniforme blanco podrían estar merodeando.
    Lograron atravesar el largo pasillo, cada tanto el astronauta ojeaba el mapa, sus movimientos parecían ser los de un ninja, mientras que la bruja caminaba como si estuviera en un día de campo. Llegaron sin ser vistos hasta la puerta que buscaban, al astronauta le costó meter la llave en el cerrojo, pero cuando la llave abrió sintió una gran emoción.
El astronauta le dio un vistazo a la habitación, era enorme, pilas de cajas repletas de papeles se acumulaban por donde mirara. Sin perder tiempo, empezó a rociar todo con la botella de whisky, cada tanto le daba un pequeño trago. Cuando la botella se acabó, el astronauta encendió con un fósforo una hoja de papel y lo arrojó a una caja donde había rociado whisky, rápidamente se prendió fuego.
    Los dos se fueron al centro de la habitación, mientras miraban como empezaba a prenderse fuego los papeles, se acercaron hasta casi quedar pegados el uno al otro.
    —¿Seguís enojado por lo del beso con el Conseguidor? ¿También me queres besar? —dijo de repente la bruja.
    —Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y…
    —Y… y… —repitió la bruja mientras cruzaba sus brazos por la espalda del astronauta.
    —Es hora de tu burbuja —dijo el astronauta—. Dale, brujita. Es ahora o nunca.
La bruja permaneció en silencio, una parte del astronauta empezó a dudar, la otra parte se dio cuenta que iban a morir.
    —Creo que salió mal, creo que vamos a morir —dijo con un gran pesar el astronauta.
    —¿Sabes que me dijo mi mama una vez? —pregunto la bruja.
    —¿Que?
    —Que cuando la locura se comparte, la cordura es solo un nene envidioso.
    —¿Y eso que quiere decir?
    —No sé, pero mira arriba, ahí está la burbuja—dijo la bruja y el astronauta levantó la cabeza.
    Ante sus ojos una gigantesca burbuja multicolor empezó a cubrirlos, el astronauta que juraba haber estado en el espacio, jamás había visto tantos colores ni belleza. Sin embargo, también empezó a sentir un calor agobiante. ¿Ya estaban cerca del sol?
    —La burbuja no creo que soporte, vamos a morir —dijo el astronauta
    —Si... ¿Y? Ya morimos muchas veces.
    —Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y… —dijo balbuceando el astronauta, sin embargo esta vez el whisky le dio algo de valor y dijo algo más—. Había algo que quería decirte.
    —Ya sé lo que vas a decir, pero me lo decís cuando lleguemos, ¿te puedo pedir algo? —dijo la bruja, mientras se acurrucaba en los brazos del astronauta que asentía con la cabeza—. Despertame cuando lleguemos.
    El astronauta la abrazó con fuerza y cerró los ojos, mientras todo era consumido por el fuego.










sábado, 2 de abril de 2016

Reseña: Esclavos de la pasion

Club de Lectura Bloguera: Cuarta Semana


Reseña: Esclavos de la pasión

Desde el blog de R. Crespo llega el siguiente relato del Club de Lectura BlogueraEsclavos de la pasión

Para acompañar la lectura les dejo una canción.
Abrazame—Ivan Noble


El relato nos presenta a dos compañeros de universidad que empiezan conocerse: Marta y Gabriel. Pequeños juegos que van y vienen. Miradas cómplices y de ahí uno puede imaginar hacia donde va la cosa. 
Un encuentro casual en el ascensor (¿casual? ¡Que truco mas viejo, Gabriel!). 
Sigue un magnifica descripción de un momento intimo, que nos deja con las ganas de saber mas.
Un relato que levanta la temperatura, candente fogoso, cachondo, ja. Pero que la autora corta, solo para dejarnos pidiendo mas.
Un gran final, en mi opinión, de esos que te invitan a seguirlo en la imaginación.


Un placer leer a la Srta. R. Crespo, la mente chiflada en donde nació El Club de Lectura Bloguera. Una gran escritora, que le quedan muy bien las historias de amor. Ademas de dar la impresión a cientos de kilómetros de distancia que es una tremenda persona.